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¿Qué sabemos de un centurión llamado Longinos?


En esta ocasión, compartimos un artículo enviado por nuestro socio Antonio Petit Gancedo, médico analista, sobre la figura del centurión que atraviesa el costado de Cristo muerto. Muy interesante y riguroso, nos ayuda a profundizar en cuestiones de historia militar del imperio romano que muchas veces olvidamos.














La decisión de redactar estas líneas surgió ante las preguntas que, en ocasiones tras una conferencia se formulan por el público, en este caso concreto, interesándose por la lanzada del costado, y por quien generalmente damos por supuesto que la practicó, atravesando el costado de Jesús de Nazaret ya muerto en la cruz. Es inevitable que citen a “Longinos”, a su montura, su lesión de la vista y su curación milagrosa, su lanza, etc; refiriéndose a todos esos detalles como realidades evidentes. En las siguientes líneas intentaremos ilustrar qué fundamento tiene esta creencia, dejando para otra ocasión extendernos en otras cuestiones relacionadas.

Profundizaremos aquí sobre la organización de las legiones romanas en la primera mitad del siglo primero de nuestra Era, sobre el nombre de Longinos y su origen, así como las fuentes documentales que lo mencionan.


En la Roma clásica, ante una situación de carácter bélico, todos los ciudadanos que fueran propietarios y con edades comprendidas entre los 17 y los 46 años, estaban obligados a empuñar las armas.

Primitivamente Roma se subdividía en tribus (tres), éstas en curias (diez por cada tribu), y cada curia por un determinado número de familias (“Gens”). Cada curia debía proporcionar a la legión romana (del latín “legio”, derivado de “legere”, recoger, juntar, seleccionar; el equivalente actual seria “leva”), cien infantes y diez jinetes.

El Senado (del latín senex, anciano), designaba dos cónsules, asignando el mando de una legión a cada uno de ellos.

En el transcurso de los siglos durante los cuales Roma mantuvo su poder, tanto la organización, como las tácticas, o el armamento de los legionarios, fueron modificándose, aunque algunas denominaciones primitivas permanecieron en las legiones, como el concepto de tribuno, o el de centurión.

El término de centurión procede pues en origen, del término “administrativo” de centuria, y de la leva en ésta de cien “milites” y diez “equites” como mínimo.

Reunidos los hombres útiles para el servicio de armas ante los cónsules electos por el Senado, dos tribunos, uno por cada cónsul, iban seleccionando por turno a los más aptos, de forma que los hombres seleccionados para cada legión lo fueran de forma equitativa.

En tiempos de Jesús, una legión estaba organizada siguiendo las reformas adoptadas por Cayo Mario (c. 157 a. C.-86 a. C.) durante el siglo II a. C., formada por diez cohortes de unos cuatrocientos ochenta a quinientos hombres, identificadas numeralmente de la primera a la décima, estando cada cohorte constituida por tres manípulos (de ciento sesenta legionarios), y cada manípulo por dos centurias (con ochenta hombres cada una). Las centurias estaban mandadas por centuriones que en formación de combate, se situaban a la derecha en la primera fila de la centuria, siendo denominados “centurion prior” el de la primera centuria, y “centurion posterior” el de la segunda, ambos estaban asistidos por un “optio” que se situaba a la derecha en la última fila de cada centuria, siendo su cometido mantener la disciplina; existía una denominación no vinculada a la organización militar, el contubernio (del latín “contubernium”), que hacía alusión a los legionarios que en número de ocho, ocupaban una misma tienda o barracón y compartían una impedimenta común y las bestias de carga para su transporte.

Desde el “centurión posterior” de la segunda centuria tercer manípulo de la décima cohorte, hasta el “centurión prior” de la primera centuria del primer manípulo de la primera cohorte, denominado “primus pilus”, tenía lugar una “carrera militar” de ascensos por méritos.

Durante la segunda mitad del siglo I d.C. sin que actualmente tengamos conocimiento del motivo, la primera cohorte aumentó sus efectivos a ochocientos hombres integrados en cinco centurias de ciento sesenta legionarios cada una; permaneciendo las nueve cohortes restantes con la misma organización y número de legionarios que anteriormente.

No es objeto de estas líneas profundizar en describir la evolución de las legiones como organización militar; sino ilustrar respecto a la tradición del centurión Longinos.

En los evangelios sinópticos al jefe de los soldados que custodiaban en el Gólgota a los crucificados, se le denomina centurión o “el jefe de cien”, sin embargo, San Juan que presenció los hechos, no cita a ningún centurión, solo relata que “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (Jn 19.34)

Ninguno de los otros tres evangelistas cita el nombre del soldado, ni el de ningún centurión, al que se refieren como “el jefe de cien” (muerte de Jesús: Mt 27.45-56; Mc 15.33-41; Lc 23.44-49).

La aparición en la tradición cristiana de un centurión llamado Longinos, es tardía, como expondremos más adelante.

Dicho nombre aparece en el apócrifo de Nicodemo o “Hechos de Pilato” (“Acta Pilati”). Es en este texto donde aparecen por primera vez los nombres de Longinos, los ladrones Dimas y Gestas, o la Verónica.

En una miniatura presente en los Evangelios iluminados por Rábula en el año 586, conservados en la Biblioteca Laurenciana de Florencia, se puede leer el nombre de “Longinus” en griego sobre un soldado que dirige una lanza al costado derecho de Jesús crucificado.

El nombre de Longinos se ha asociado al de “lancero”, quizá por la similitud fonética con los jefes de fila (“lochagos”) de la falange macedónica; cuya unidad táctica básica era denominada “sintagma”. Organizada por Filipo II de Macedonia (c. 359 a. C.-317 a. C.), la falange actuó como unidad de combate desde la segunda mitad del siglo IV a. C. hasta aproximadamente el siglo II a. C.

La organización dentro de la falange de lo que hoy denominaríamos tropa, suboficiales, oficiales y jefes, es compleja y prolija, un “sintagma” estaba formado por unidades menores, y a la vez se agrupaban formando unidades mayores, hasta constituir la falange completa. No siendo la finalidad de estas líneas describirla, no vamos a detallarla; aunque nos obliga a obviar muchos detalles respecto a sus mandos y estructura.

Cada sintagma lo comandaba un sintagmarca, y estaba constituido por 256 hombres formados en dieciséis filas (“lochoi” o “lochos”); cada una con dieciséis hombres en columna. Los guerreros situados en la primera fila eran los jefes de cada columna, siendo denominados “lochagos”; el arma principal de los falangitas era la “sarissa”, la lanza utilizada por todos los integrantes del sintagma, lanzas que llegaban a medir entre 5’5 a 6’5 m. formando las cinco primeras filas con ellas un frente erizado de moharras que impedían aproximarse al enemigo; manteniendo las once filas posteriores las “sarissas” en posición vertical.

Las palabras “lochos” (filas) y “lochagos”, proceden de la organización del ejército espartano en tiempos de las guerras médicas (siglo V a. C.); siendo en este otro contexto el “lochos” o “lochoi”, una unidad de cien hoplitas espartiatas, y “lochagos” su comandante. En esta época a la lanza se le denominaba “dory” midiendo habitualmente entre 2’5 a 3 m., dimensiones similares a las de un “hasta” de los tiempos de la República de Roma hasta las reformas militares atribuidas a Cayo Mario, que fue sustituida como armamento habitual para todos los legionarios por un arma arrojadiza con un notable poder de penetración, el “pilum” (cuyo plural es “pila”), la lanza (“lancea”) algo más corta fue implantándose a partir del siglo I.

No obstante, “Longinos” no es una palabra de etimología griega, sino romana; y su significado literal es “distante”, aunque para un individuo alto y delgado puede emplearse la expresión “longus et tenuis”, y también Longinos.

En la antigua Roma la denominación para varones y hembras variaba, pero seguía unas reglas que permitían establecer la línea familiar de su poseedor.

Los varones eran identificados mediante lo que se conocía como “tria nomina”; el preanomen (equivalente al actual nombre de pila), un nomen coincidente con su clan (gens), y si eran nobles un cognomen (originalmente un apodo asociado a alguna característica o anécdota vinculada a algún antepasado, y con el que se conocía a la familia); “Praetextatus”, el de la toga pretexta; “Scipio”, el bastón; “Caecus”, ciego; “Cicero”, verruga; “Calígula” que puede traducirse por sandalita o botita; etc., o “Caesar” (César) que significa “peludo”, notable ironía dada la conocida preocupación de Julio César por disimular su calvicie.

La estructura como ejemplo, del nombre para César, es:

PRAENOMENNOMENCOGNOMENGaius (Cayo)Julius (familia Julia)Caesar


Si un esclavo era manumitido y convertido en liberto, podía tomar el praenomen y nomen de su patrón; los libertos también tenían una “tria nomina”; el praenomen y el nomen respondían al de su patrono, y el cognomen su antiguo nombre de esclavo.

Si la dueña del esclavo era una mujer, aquél tomaría el praenomen y nomen del padre o esposo de su dueña, dejando su antiguo nombre como cognomen. Si la libertad le fuera concedida a una mujer, ésta tomaría la versión femenina de su dueño o dueña de nomen, y el posesivo del nomen de su antiguo dueño.

La condición de liberto se ubicaba entre el nomen y el cognomen, y se expresaba con el praenomen del patrono en genitivo seguido de la abreviatura de libertus (l<ibertus> o l<iberta>). En los casos citados de esclavos liberados, la identificación se aplicaba sin utilizar el cognomen de sus anteriores dueños cuando seguían estas reglas; pues desde el siglo II a. C. al siglo I d. C. dejaron paulatinamente de aplicarse.

Así pues, en el primer tercio del siglo primero de nuestra Era, un individuo podía ser conocido como “Longinos” por ser éste el “cognomen” de su familia, o por haber estado al servicio de ésta.

La Historia de Roma, nos proporciona cuatro personajes con el nombre de Cayo Casio Longinos (Gaius Cassius Longinus en latín).

El primero es Cayo Casio Longino (cónsul 171 a. C.), político y militar romano que ocupó el cargo de cónsul y de censor.

Otro es Cayo Casio Longino (cónsul 96 a. C.), hijo del cónsul Lucio Casio Longino.

El tercero, Cayo Casio Longino, quien siendo procónsul durante la tercera guerra servil (73 y 71 a. C.), fue vencido en un enfrentamiento con Espartaco al intentar interceptarlo cuando éste se dirigía hacia el norte con su ejército para escapar de Italia, según citan Orosio (Historias 5, 24, 4) y Plutarco (Craso 9).

Su hijo de igual nombre (87-42 a. C.), fue el principal conspirador junto a Marco Junio Bruto (85 a. C.- 42 a. C.) en la conjura para dar muerte a Julio César; después de ser vencido en la batalla de Filipos (42 a. C.) combatiendo contra Octaviano y Marco Antonio, se suicidó.

Tras lo expuesto, puede aceptarse que el nombre de Longino es atribuible a un descendiente de los Casio Longino, o alguien que tuviera derecho a utilizar el “cognomen” familiar.

Para concluir, la fuente que nos proporciona el nombre del soldado que atravesó el costado de Cristo con una lanza, es como se ha citado, el apócrifo de Nicodemo o “Hechos de Pilato” (“Acta Pilati”). Su origen aún permanece en debate; se acepta que se redactaron en la primera mitad del siglo IV, como reacción a unas Actas de Pilato publicadas hacia el año 311 o 312 consideradas calumniosas con la Persona de Jesús; en su favor se contempla que Tertuliano en su Apologeticum (escrito hacia el año 200) menciona una relación de lo sucedido en la Pasión, que Pilato había dirigido a Tiberio (Tiberio Julio César Augusto, 42 a. C.- 37 d. C.), relación o informe que dado el meticuloso procedimiento de archivo de documentos en el Imperio Romano, es factible que Tertuliano pudiera acceder al mismo y leerlo.

Como opinión más fundada, se diferencian en el texto varios redactores, y dos partes muy diferenciadas:

Parte I (“Acta Pilati”: Actas de Pilato)

Parte II (“Descensus Christi ad inferos”: Descendimiento de Cristo a los infiernos)

Aceptándose que ambas partes se unificaron hacia el siglo X, siendo el primer texto conocido donde aparecen ambas partes juntas el Códice Einsidlensis; y que su influencia en la iconografía cristiana fue muy temprana, tal como se deduce de la citada de Rábula en el año 586.


Antonio Petit Gancedo




BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

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Pacheco López, C. J., La rebelión de Espartaco, sátrapa Ediciones, S.L., España, 2009

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Warry, J., Warfare in the Classical World, Salamander Books Ltd., London, U.K., 1980


Recomendamos los excelentes números y monografías sobre Grecia y Roma, de la serie “Historia antigua y medieval” publicadas por Desperta Ferro Ediciones:


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