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La Sábana santa, ¿prueba de la resurrección?


Al terminar las conferencias, hay gente que pregunta si la Sábana santa es una prueba científica de la resurrección. A mis alumnos le cuento esta pequeña historia:


"Dios hizo mal las cosas. Tenía que habernos preguntado a nosotros. ¿Cómo se le ocurre venir a salvarnos en aquella época y en aquel país? Una provincia perdida del imperio romano y en un pueblo insignificante donde predicó a unos cuantos analfabetos y marginados. A quién se le ocurre. Si nos hubiera preguntado, le hubiéramos dicho:

-Nace en el s. XXI. Es el tiempo de las tecnologías. Hubieras salido por la radio y la tv, te hubieras hecho youtuber, influencer en Instagram y demás redes, y serías famoso y tu mensaje llegaría a millones de personas.

Ante la promesa de la resurrección (que notición, vaya primicia. Todo un boom para cualquier medio de comunicación), prepararíamos el sepulcro con cámaras, sensores de todo tipo y aparatos para registrar tal acontecimiento y poder estudiarlo y analizarlo después. Por supuesto, fuera del sepulcro, pondríamos una grada (cuanto más grande, mejor) para vender entradas para esos asientos de privilegio (claro, ¡para ayudar a los pobres!) y presenciar en directo algo único en la historia.

En primera fila fotógrafos, periodistas, cámaras y reporteros de tv, todos preparados para dar la exclusiva. Y, cómo no, situamos estratégicamente otros reporteros para conseguir la primera entrevista a Jesús.

De esta forma, nadie podría dudar de la resurrección y todo el mundo tendría que creer y aceptar la salvación, que es de lo que se trata".


O, ¿quizás no? Anda, acabo de recordar que precisamente esa era la segunda tentación del desierto. Y Dios nunca actúa así (gracias a Dios). Él actúa en lo pobre, en lo escondido, en lo que no cuenta para este mundo para manifestarse ante el mundo. Sólo hay que darse una vuelta por la Biblia para darse cuenta. Porque, sobre todo, Dios respeta nuestra libertad (más que nosotros mismos). Y no quiere obligarnos a aceptar su amor manifestado en la muerte y resurrección de Jesús.

De aquí, la sabiduría (divina) de la tumba solitaria, de los encuentros desconcertantes con las mujeres, los apóstoles... Para aceptarlo sólo por el testimonio de quienes no son nadie. Para que descubramos ese tesoro escondido... y lo aceptemos en nuestra vida por un acto de amor absolutamente libre.

Una vez llegados a este punto, y descubierta la sabiduría de Dios, volvemos la vista a la Síndone. Ciertamente, las pruebas científicas apuntan a que fue realmente el lienzo funerario de Jesús. Pero, nunca una prueba de la resurrección.

Me viene a la mente la parábola del pobre Lázaro y el rico Epulón. Cuando Epulón está en el infierno, le pide a Abraham que envíe a Lázaro a sus hermanos para que crean. El diálogo es de una sabiduría y hermosura sin igual:

Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”» (Lc. 16, 27-31).


Pues eso, escuchemos a los apóstoles, testigos de la resurrección.


Ignacio Huertas Puerta, delegado del CESAN.

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